(Aviso importante: Este texto puede dañar la fragilidad.)
En homenaje a Mary Shelley.
Recuerdo perfectamente el día que me convertí en un monstruo...
Cuando entré en la habitación blanca... parecías un muñeco abandonado a su suerte en una cama blanca. A tu derecha, unos aparatos blancos semejaban semáforos averiados con sus constantes vitales en encéfalo plano. Te sugerí al oído no dejarte embaucar por la luz blanca pero parecías sumido en un profundo sueño, en esa extraña calma que aporta saberse exento de decisiones y de sufrimiento. Te encontré más delgado que unas horas antes. Veintiún gramos -me espetó el pensamiento. No podía perder tiempo y te pedí perdón… por todo, y por nada. Habías elegido el blanco. Me dolió el desaire infringido a mi círculo cromático y, en menos de un segundo, me convertí en un un ser oscuro re-construido de retales en blanco y negro.
Aquel día dejé de comer todo lo considerado como carne... carne de cañón -pensaba. Estuve a fruta durante casi dos meses. Pasaron los días, y los años. Sin embargo aquel día no pasó, permaneció enquistado en una burbuja, largo tiempo, hasta que estalló.
Urdí entonces una venganza. Restituí la carne a mi dieta: de cerdo, de pollo, de pescado. No permito que nadie limpie el pescado. Quiero hacerlo yo. Le practico una autopsia completa; lo abro de arriba abajo, y extraigo con mis dedos las vísceras para que experimente en su pecho el vacío interior. No me olvido de los ojos que empujo desde el interior de su (aparentamente) frágil cabeza para que floten suspendidos de sus órbitas, incrédulo de su destino. Suelo hacerlo con objetividad quirúrgica, seguridad en los movimientos, concentrada en el momento... pues tengo entre mis manos al responsable que anuló para siempre tu percepción visual, el mismo que me robó tu sonrisa, el que se libró de la justicia de los hombres que siempre es injusta con el ciudadano común. Pero yo me encargo de ajusticiarlo con mis propias manos tres veces por semana, para asegurarme de que acaba como y donde se merece. De rencor también se malvive. Te lo digo yo.
En homenaje a Mary Shelley.



