Relato IX
...Con los dedos aún vibrando por la tensión ejercida sobre el acelerador, giró la llave del contacto forzando de tal manera los nudillos que parecía que se le escapaban por los agujeros de los guantes de piel; los pies en tierra como un cow boy de ciudad, ladeó ligeramente el cuerpo colocando al mismo tiempo el caballete que daría estabilidad a la flamante máquina...antes de dejarla en la amplísima plaza del aparcamiento del aeropuerto.
El trabajo que le habían encomendado era pura rutina; otro día aburrido como una ostra esperando capturar la noticia. Tomó a Valerie por la cintura y, con suma delicadeza, se la colgó del cuello como si fuesen las llaves de la ciudad. Apenas hubo cerrado el candado de la cadena que aseguraba el casco, escuchó un taconeo fuerte y seguro reverberando en el gris de las paredes. Emergió de sus cuclillas como si fuese un muelle retenido y sacudiendo la cabeza en todas direcciones buscando a la dueña de aquel cantar aseguró "...una mujer", pero no percibió ni una sombra serpenteando por el cemento.
Se precipitó por la ancha avenida que dibujaban los vehículos aparcados, olfateando la melodía de los pasos de metal como un sabueso fotógrafo de silencios. Con una sonrisa dibujada en el malhumor, recordó a
Brabus...y como un niño bueno que hubiese recordado su mejor juguete, siguió las flechas que indicaban la dirección del ascensor, tomando el atajo que formaban los coches.
De repente, entre dos columnas, bajo el tragaluz natural, apareció como bajo un foco de pasarela un maniquí vestido de rojo balanceando las caderas al ritmo acompasado de las pisadas. ¡"Mierda"! -pensó contrariado- "el color que más detesto... ¡qué decepción!. Mientras protestaba para sus adentros, cruzó por delante de sus Ray-Ban de sol un C-3, que circulando a 40 por la solitaria rampa de salida, le hizo perder el rastro de su visión. "¡Maldición!... ha desaparecido" -masculló mientras seguía hincándose los tacones en la cabeza.
Alisándose la nuca con gesto contrariado siguió el camino que había emprendido, repasando mentalmente los posibles detalles del trabajito que lo había llevado hasta aquel desierto de pasajeros.
Extendió el brazo y, con la yema del índice, pulsó el botón que lo llevaría hasta su destino de ese día...cinco pisos más arriba.
Las puertas se separaron con la lentitud exasperante de las averías. Mientras recogía con cierta parsimonia la mirada del suelo, tropezó con la punta de unos zapatos que lo retaban desde el fondo de la cabina. Trepó, parpadeando incrédulo, por unas piernas interminables que acababan en unas rodillas escondidas bajo un vestido de algodón azul. ¿¿Azul??...
Cuando aquel figurín de papel couché le suspiró con voz profunda "¿Sube?" (alargando la e)...No podía contestar, inmerso como estaba en un mar de dudas, lidiando con colores.
Nota: Cuando vi esta foto y su título se me pasó por la imaginación "contar" una historia. Probablemente tuvo mucho que ver el hecho de que ese día me sentía decepcionada por algo que no viene al caso. Con el permiso de su autor...quedan dos "Decepciones" unidas :)
Mil gracias Alberto, deseo sinceramente que te haya divertido un poco.